El mundo del arte contemporáneo está de luto. Yayoi Kusama, la artista japonesa que convirtió los lunares, los espejos, las calabazas y los patrones infinitos en una de las estéticas más reconocibles del planeta, murió a los 97 años el pasado 14 de agosto en Tokio. Su fallecimiento fue confirmado esta semana; reportes señalan que la causa fue una falla multiorgánica.
Pero detrás de esos famosos puntos de colores había una historia mucho más profunda.
Cuando los puntos comenzaron como alucinaciones
Kusama comenzó a experimentar visiones y alucinaciones visuales y auditivas desde su infancia. Veía flores, redes y puntos que parecían multiplicarse hasta cubrir paredes, ventanas, su cuerpo e incluso todo el espacio a su alrededor.
Aquello que podía resultar aterrador terminó convirtiéndose en la materia prima de su arte.
Desde aproximadamente los 10 años comenzó a dibujar aquello que veía y, con el paso del tiempo, desarrolló una obsesión artística por la repetición. Los puntos dejaron de ser solamente puntos: se convirtieron en una manera de representar el infinito y, al mismo tiempo, de enfrentarse a sus propias experiencias.
De ahí nacieron sus famosas Infinity Nets, sus instalaciones cubiertas de lunares y posteriormente sus célebres Infinity Mirror Rooms, donde los espejos, luces y patrones crean la sensación de estar dentro de un universo que nunca termina.
Convertir una experiencia personal en un universo
Kusama llamó a una parte de su filosofía artística “self-obliteration”, o autoaniquilación: la idea de que la repetición de formas y patrones podía hacer que el individuo se perdiera dentro de un espacio infinito.
Y eso explica por qué sus obras pueden sentirse tan hipnóticas.
Miles de puntos, reflejos que parecen no terminar y objetos repetidos hasta perder su forma original. Lo que comenzó como una experiencia personal terminó convirtiéndose en una propuesta artística que conquistó museos y galerías de todo el mundo.
Su trabajo llegó al MoMA, Tate Modern, Centre Pompidou y Guggenheim, entre muchas otras instituciones.
De los lunares a las calabazas
Aunque los puntos son su sello más reconocible, Kusama también creó otro ícono: las calabazas amarillas con lunares negros.
A ellas se sumaron esculturas, instalaciones, pinturas y espacios inmersivos que hicieron que su obra trascendiera el mundo del arte y se convirtiera en parte de la cultura pop.
Incluso colaboró con grandes marcas de moda y logró que su estética fuera reconocida por personas que quizá nunca habían visitado un museo de arte contemporáneo.




